llega un punto en el que la desesperación se apodera de nosotros.
ante la impotencia de sentirnos impotentes
ante el miedo de caernos al vacio y que nadie nos coja
ante el miedo a la soledad
llega un punto en que el pecho se oprime
y la respiración se entrecorta
sentimos un peso que no pesa pero es como una astilla, dolorosa y molesta.
Nos empeñamos en maqullarnos exteriormente para que nadie urge en nuestra demacrada personalidad.
lo que ocurre es que no nos dejamos ayudar, y no dejamos que nadie comparta el dolor con nosotros hasta conseguir sacarnos la astilla.
simplemente digo que es mejor curarnos acompañados que solos, porque solos somos capaces de infectarnos.